Matricularse en el gimnasio y no ir nunca

#absentismo #docenciauniversitaria

La UAB publicó a principio de 2026 un informe sobre absentismo con 3.045 participantes de sus trece centros. 

Olmos, P., y Márquez, D. (inv.); Vila, L. (col.); Muñoz, J. L. (coord.), y Badillo, E. (coord.). (2026). L’absentisme a les aules universitàries de la UAB. Per què val la pena anar a classe. ICE, Universitat Autònoma de Barcelona. https://ddd.uab.cat/record/327188?ln=es

Creo que el fenómeno no es nuevo (quizás lo llamativo es el volumen). Ya hace muchos años comentaba con mis compañeros la anécdota de exalumnos que decían que “la universidad no aportaba nada” (y luego se jactaban de haber aprobado sin ir a las clases, ni al campus). Efectivamente, si no participas de la experiencia universitaria, tu paso (de pasar) de la universidad no ha dejado ningún poso en ti.

Es como si te matricularas en un gimnasio, luego no fueras y dijeras que el gimnasio no sirve para nada. ¡Obvio, bro!

El ejemplo del gimnasio/deporte me gusta, porque conozco mucha gente de mi edad que me dice “no sé por qué te machacas tanto haciendo deporte, total estamos igual tú y yo”. En la superficie, seguro, incluso más guapos y jóvenes algunos (sobre todo los que se han hecho un implante de pelo). Pero las procesiones van por dentro. Y con la formación universitaria, igual.

Los condicionantes estructurales están presentes (trabajo, transporte, etc.), pero apenas separan a quien asiste de quien no. En la tabla comparativa, entre los que han dejado de asistir a alguna asignatura, trabaja el 42,3 % y entre los que no, el 37,6 %; tardan más de una hora en llegar al campus el 34,2 % frente al 30,4 %. Lo que sí discrimina es repetir asignatura y el curso, porque los de primero asisten más. Es decir, las condiciones de vida complicadas las tiene casi todo el mundo y eso no les impide asistir a clase. El problema no es quién puede ir, es en qué momento se rompe el hábito y por qué nadie lo nota hasta que es irreversible.

Eso se relaciona con un proyecto de escritura que tengo en curso donde queremos analizar qué es lo que hace a una clase presencial insustituible.

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La universidad tiene futuro. Gracias, IA, por recordárnoslo

Si ChatGPT, Gemini o quien sea entra en el mercado de la educación, lo que nos está diciendo es que APRENDER tiene valor. Millones de personas dispuestas a pagar por aprender. Esa validación de mercado nos la acaban de regalar.

Si el futuro de la universidad depende de qué producto saquen las tecnológicas o de a qué precio lo pongan, entonces no tenemos servicio. Tenemos un trámite con sello oficial.

Y cuidado con consolarse con que “ellos son generalistas y no conocen a mis alumnos”. No es verdad. Los perfilan, los siguen conversación a conversación, los acabarán conociendo mejor que nosotros.

Si tu clase consiste en transmitir contenido y tramitar una calificación, ya tienes sustituto. Más barato, más paciente y disponible a las tres de la madrugada.

Lo que pasa es que los chatbots están entrenados para una sola cosa: que vuelvas mañana. Si para eso tienen que darte la razón, te la dan. Si tienen que ponértelo más fácil, te lo ponen. Si validarte te retiene, te validan. Es su modelo de negocio: tú no eres su estudiante, eres su retención.

A mí, que vuelvas mañana, me da igual. Lo que no me da igual es que, dentro de cinco años, sepas hacer tu trabajo. Por eso a veces te lo pongo difícil, te digo que no, o te digo cosas que no te gusta oír pero necesitas oír. Y cuando firmo que estás preparado, esa firma lleva mi nombre: si tú fallas ahí fuera, el que queda mal soy yo.

El error no es competir con la IA. El error es parecerse a ella.

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